El Ruido

Por Magdalena Loza Leguizamón

Y entonces se escuchó en ruido en la calle. Independencia al 1750.

Las luces de la casa de enfrente, donde vivían Cristina y sus dos hijos mayores, se prendieron, y Cristina con su bata del pijama abrió la puerta principal y salió despeinada a ver lo que pasaba. Mientras, en la casa de al lado, Juan Cruz se despertaba de una pesadilla, en la cual el mundo como lo conocíamos terminaba y un robot enorme y siniestro aterrizaba en la calle, en la puerta de su casa y de su interior salía un ruido horrendo, que claramente era una bomba.

Cuando las luces de la casa de Esteban y Griselda, los felices recién casados que escondían sus vacíos entre las noches de amor, se prendieron, éstos salieron hasta la calle para ver fuera lo que sucedía.

Al mismo tiempo, Carlos, un viejo obreros de 50 años, y su hijo Juan de 10 años, al cual lo cargaban en la escuela por tener la ropa sucia ya que su padre no podía reparar el lavarropas, salieron a la calle y vieron a Esteban y a Griselda.

Cuando Griselda habló, se abrió una puerta dos casas a la izquierda, donde salía Nina, la hermosa hija de Ernesto y Analía, que trabajaban en la municipalidad haciendo que se yo y qué sabía ella, pobre Nina, cuántas tramoyas con el Estado y el Gobierno.

Cuando Nina y su hermoso cuerpo esculpido salieron a la calle, enfrente salió Cristian, el más grande de los hijos de Haydé, la vieja peluquera del barrio, que estaba profundamente enamorado de Nina, que obviamente estaba enamorada de un estúpido rubio con plata del centro de Adrogué.

Cristian la vio y dirigió su mirada hacia la calle, de donde había provenido el ruido.

Los perros ladraron como nunca, el cielo estaba nublado en esa extraña noche de verano y la luna asomaba casualmente, cuando el viento soplaba lo suficiente como para mover las gruesas nubes que no dejaban ver las estrellas.

La noche, Cristina con sus dos hijos mayores, Juan Cruz y su robot horrendo, Esteban y Griselda, Carlos y su hijo Juan - el sucio- , Nina con Ernesto y Analía, Cristian, miraron el camión que había desprendido de la parte de atrás una caja de herramientas que cayó al suelo y se desparramó por la acera.

Todos vieron como Aníbal, el conductor del camión, se bajaba del mismo y recogía lentamente, una a una, las herramientas y las guardaba en la caja. Luego las subió al asiento del co-piloto, cerró la puerta, subió al camión y se fue lentamente, pensando en que lugar podía encontrar abierto para comprar una cerveza.